CALPE, TIERRA Y ALMAS.                                    volver al índice
ir al índice volumen ii
ir al buscador de textos

“A todos los calpinos
de ayer, de hoy y de siempre,
los  que eran, son, y serán
por derecho de sangre, suelo o corazón”.

  “A Gabriel...”.

 

UMBRAL.

             Hay quien afirma que ciertos libros no los escribe nadie pues se escriben solos, y el que ejercita de junta letras no es más que el mero instrumento de sus manos invisibles. Hay quien sostiene que para escribir determinados libros hacen falta grandes dosis de motivación,Imagen de Calpe desde el Borumbot a principios de siglo XX -madre de la voluntad-,  pero la motivación no es más que la fuerza interna que nos empuja a actuar, tras escoger entre las incalculables opciones que ofrece el factor tiempo en nuestra existencia. Hay pues quien concluye que la fuerza interna que nos motiva pertenece a otra fuerza superior externa que nos conmueve, que nos dirige.

             Cuando hace ya siete años iniciamos la labor inconcreta de documentar y recrear la historia viva del Calpe de antaño y su realidad física, su vida campesina, sus aldeas rurales, no sabíamos demasiado bien hacia donde encaminar nuestros pasos. No aspirábamos a remedar los magníficos tratados que en el pasado han confeccionado algunos hijos enamorados de este pueblo, a la luz de una mayor capacidad y cualificación que nosotros. No nos sentíamos atraídos por redactar algo que no pudiera llegar al lector de forma tan íntima que despertara en él un cúmulo de sentimientos y sensaciones; no deseábamos laurearnos de ciencia y producir el tocho que nadie se molestara en curiosear. Al decidir sobre su esquema conductor, intuíamos esas manos recónditas del libro que se escribe solo, disponiendo ante nosotros documentación y testimonios con un orden y una sucesión realmente sorprendentes. A las preguntas acudían las respuestas entrelazándose con nuevas evidencias que conformaban paulatinamente un todo más coherente. Tendrán las cosas su por qué, siempre oculto tras los juicios simples.

             Pronto nos dimos cuenta que el breve entorno que íbamos a estudiar nos abría la puerta hacia una perspectiva concreta y realista. Se trataba de realizar un compendio de hechos y personajes situados en el tiempo, concernientes a una pequeña comunidad y que difícilmente se podía concluir sin apelar a la memoria colectiva y la tradición oral. Una obra a completar de forma meticulosa pero para andar por casa, con vocación de rigor científico pero dirigido hacia un círculo restringido de individuos a quien pudiese interesar. Y por qué no hacerla, si para nosotros merecía la pena el esfuerzo.

             Una nueva sorpresa nos asaltó en el camino: el gran interés demostrado por diversas personas, totalmente ajenas a la vida de Calpe, que mostraban su gran curiosidad al conocer los contenidos y pormenores de nuestro proyecto; que observaban con delicia los antiguos documentos, fotografías y retratos, y que pedían con insistencia un ejemplar del resultado final.

           Cocina típica... fuego y pucheo.   Qué puede suponer el devenir histórico, económico, personal, de los habitadores de esta pequeña comunidad, en el ámbito histórico, de nuestra comarca y provincia, de nuestro país y civilización... nos preguntábamos. Quizá no mucho. Si la historia de los pueblos se contempla como observamos la belleza global y armónica de un mosaico de múltiples piezas, nuestros esfuerzos en este caso se concentran en vislumbrar la semioculta realidad de una de sus teselas, que por si sola no nos revelará gran cosa, pues muestra su geografía de aristas talladas, monocolor e intranscendente, sin cobrar sentido más que al cumplir su papel en el lugar que le corresponde dentro de la obra a la que pertenece. Esta tesela que tenemos en las mano, representa la vida de lugares y personas, apellidos, padres y madres, hermanos y abuelos, surge de las raíces que se clavan en la tierra y crece por las ramas que se escapan hacia el cielo. Es algo que interesa a los que son y están y con toda seguridad a los que serán y estarán.

              En nuestro tiempo, y cada vez con mayor fuerza, el sujeto necesita afirmarse, saber hacia donde va conociendo de donde viene. Sólo de esta manera se puede vencer la incertidumbre que genera el reto diario de sobrevivir entre tantas necesidades creadas, falsamente impuestas, que terminan por esclavizar al individuo en la lucha por un espejismo. Por ello, es raro el sujeto que no siente una bocanada de aire fresco al escuchar las historias de sus mayores, al aspirar el olor del pan casero, o al recostarse junto a la lumbre de una masía tras un paseo embriagador de oxígeno por los campos. Surgen fáciles los recuerdos y los propios pensamientos se liberan y se muestran desinhibidos sin las ataduras que ciñe la vida diaria.

             Cualquier calpino conserva un vínculo íntimo con su tierra. En muchos casos es vínculo de sangre, en otros de suelo, siempre afectivo. En las viejas piedras de la rinconada de una casa de campo, como diría Gabriel Miró, parecen dormir los pasados días, se desprende de sus muros como un perfume de legitimidad hogareña.

             Sin lugar a dudas, los núcleos rurales dispersos, el caserío de la Cometa junto al caserío del Corralet, el caserío de la Mola y las casas del Barranco Salado, las casas de Sala o las viviendas más próximas al casco situadas en los llanos de Benicolada, tantas otras, se constituyeron como entidades menores de hecho dentro de la vida calpina y conservaron sus trazos particulares que incluso en nuestros días luchan por sobrevivir,  si no han desaparecido ya por la expansión arrolladora que nos ha traído los nuevos tiempos. La propia identidad de estas aldeas surgió y se fortaleció a través de los lazos endogámicos creados por la evolución generacional de muy pocas familias cuyos orígenes calpinos datan de tres o cuatro siglos atrás.

             Campo, trabajo y religiosidad. Las ermitas, con sus elementos anejos comunes, sus pozos, eras u hornos comunales, imprimían el carácter definitivo de núcleos independientes, células de comunidades devotas y laboriosas, con sus capillas que hoy ya no podemos visitar y admirar salvo en el único caso de la Cometa. En otros, como en el de la legendaria Ermita Vieja de Oltá, de la que no conocemos sus características, únicamente su ubicación probable, imaginamos que en su día debió agrupar en sus cercanías casas y ventorrillos de fieles paganos, lugar de peregrinación para los habitantes de la población morisca. Incluso de la Ermita del Saladar -sólo muy recientemente hemos sabido de su existencia sin más referencias- cabe suponer que fue una dependencia dentro de la heredad de alguna familia acomodada que contaba con los medios suficientes para sufragar las obras que le garantizasen un pequeño templo público y privado destinado al culto. 

Bernat Bañuls Crespo. "Ti Bernat de la Cometa"              Deberemos convenir que el desarraigo, la ruptura con las formas de vivir del pasado, ha sido mucho más fuerte en nuestra población que en otras muchas que aún hoy conservan retazos de una cultura rural que languidece. Hoy se llega a los pequeños núcleos de antaño, no por caminos carreteros ni de herradura, sino por el laberinto de la urbanización, atravesando un sin numero de modernas y ampulosas viviendas, con sus felices habitadores al sol que ocupan los antiguos campos de secano. La expansión del fenómeno residencial ha ido arrinconando los últimos bastiones de un forma de subsistencia milenaria: la explotación agrícola, la lucha del hombre por amansar el monte, arrancando como es en nuestro caso de la tierra seca, los frutos necesarios para mantenerse y reproducirse.

             Si existe hoy apego a las tierras y a los pueblos, es porque las gentes que aman los siguen viendo como los lugares donde nacieron, vivieron y murieron sus antepasados, donde ellos mismos jugaron, crecieron y festearon, y no los contemplan como mercancías que se puede tasar y vender al mejor postor, aunque esto ocurra.  En el pasado el terruño se transmitía de generación en generación, se descuartizaba bancal a bancal, compartiendo los dueños idénticos apellidos. En nuestros nuevos tiempos hemos llegado a simplificar el comercio de lo que nos mantiene en pie a dos principios fundamentales: máximo precio en mínimo tiempo posible. El progreso nos llenó la faltriquera pero algo dentro de nosotros debió de quedar vacío en penitencia.

             La faena nos condujo a numerosos archivos públicos, santuarios de vida amortiguada, olorosos de moho y papel viejo. En ocasiones, no tantas, los tutelan personajes enamorados de sus desvanes, de sus corredores, de sus estantes, de sus secretos; individuos que observan de soslayo como te conduces y comprueban celosamente que no les estropeas los fajos al desatar las cintas o las cuerdas que aprietan los legajos, algunos de éstos intactos desde que los empaquetara un archivero cuidadoso.

             En uno, parroquial, arrinconado en los aposentos de una fría catedral, descubrimos el tesoro de cinco siglos en cinco libros, con su retahíla de vivos y muertos, casados y bautizados. Por él no pasó la guerra, acaso el olvido. Abriendo uno de sus libracos, los difuntos de la primera mitad del siglo XVIII, descubrimos la triste evidencia de un niño, ascendiente calpino, que encontró la muerte a los seis años, y fue enterrado “amore Dei” por ser sus padres pobres de solemnidad. La picuda letra de mosén se dulcificaba al practicar este asiento -eso nos pareció al compararla con las fichas anteriores- como si el rector se hubiese conmovido al certificar el óbito del desafortunado. Nos impresionó el pensar que quizá esa página, desgastada por el tiempo, que recogía un nombre y unas circunstancias, no había sido desplegada en siglos, como si ese niño no hubiera existido nunca, como si a nadie hubiera interesado su breve existencia. Eso no podía ser así.

            Tomamos conciencia tras el hallazgo que en muchos lugares desperdigados podíanUtensilios para secar la "pasa". encontrarse los antecedentes familiares que ignoran los vivos, que la tradición oral no salvó, y que ante nosotros como investigación se presentaba tarea ardua pero apasionante, testimonio que bien merecía la pena recuperar y publicar. Y a pesar de no contar con un archivo parroquial histórico en Calpe, la guerra no se olvidó de él y se lo llevó por delante junto al municipal, decidimos ahondar en la genealogía local en cuanto nos fuera posible e incorporar así los frutos a nuestro estudio.

             Difícil empresa. Los pueblos que conservan la joya de sus libros parroquiales, con sus antecedentes de sangre, suelo, y origen familiar, almacenan en apenas dos o tres estantes un universo de existencias palpitantes. No son muchos los individuos curiosos que espolean al rector para que, entre misa y rezo, se tome la molestia de asomarse a ese abismo pretérito, abierto en rudos papelorios, e intente rescatar algún dato de sus antepasados más lejanos. De nuestro exiguo archivo, que arranca con los antecedentes de 1919, los registros sólo nos pueden alumbrar algunas reseñas personales que se remontan al primer tercio del siglo XIX. La estupidez humana ocultó para siempre el concienzudo trabajo eclesiástico, iniciado a mediados del siglo XVI, que nos hubiese permitido conocer al dedillo las raíces humanas de los calpinos de hoy.

              Los fondos manejados para intentar profundizar en nuestra investigación genealógica nos desvelaron que muchos hombres y mujeres del siglo XIX desconocían su fecha real de nacimiento. En ocasiones nos aparecían sus nombres y apellidos, en distintos documentos, con edades que oscilaban entre los diez o quince años de diferencia. La parroquia de Benissa, que conserva en su integridad este acervo valiosísimo -gracias infinitas a su archivero amigo- nos brindó la fuente del apasionante conocimiento de muchos orígenes familiares que hoy son de profundo orgullo calpino.

             Comprobamos con el devenir de los trabajos, como ya intuíamos o sabíamos, que la vida pretérita de estas gentes había ido íntimamente ligada a determinados parajes y paisajes, que su existencia había sido una relación de amor con el terruño, con el bancal de arriba y con el de abajo, con la masía del fondo y la casita de aperos; que los apodos no sólo se apoyaban en defectos físicos o chascarrillos ocurrentes sino que en ocasiones abrazaban la denominación de las heredades que habían ocupado las estirpes durante generaciones. De nuevo ante nosotros se desplegó escalonadamente la documentación necesaria para ir reconstruyendo la realidad pasada del campo calpino, sus caminos, coladas y veredas. Atendiendo a la nomenclatura utilizada por el consistorio en distintos momentos del siglo XIX como números de policía rural, partimos el término en  cuatro cuarteles cardinales, asignando una numeración a cada casa de labor, sobre la que volcamos la información que recabábamos de distintas fuentes de la forma más ordenada y coherente posible.

             Pero nos asaltaba continuamente un temor. Documentar, o al menos intentarRuinas de una casa labariega. documentar, la pequeña historia de unas cuatrocientas viviendas rurales, la mayoría centenarias, aportando todos los datos dispersos que pudiésemos rescatar pertinentes a cada una de ellas desde muy distintas fuentes, nos arriesgaba a cometer errores u omisiones. Nuestro trabajo no era en sí una mera trascripción archivística, sino una labor de recopilación, análisis y asignación definitiva que, como en la reconstrucción de un rompecabezas, nos podía abocar, por confusión, a equivocar las piezas. Por ello, muchos datos contradictorios fueron despreciados, otros comprobados, y algunos aceptados por el sentido común. Que se nos disculpe vivamente, desde aquí lo pedimos, si a la luz de un mejor saber, alguien se siente agraviado por nuestro mal conocimiento. El archivo íntimo y privado, oral o documental, que conserva cada familia en el seno del recuerdo o del armario, no es un fondo que sea fácil de tener a nuestro alcance. Como altruista que es nuestra función, eficaz o equivocada, pero siempre desinteresada, la ejercemos con desprendimiento y buena fe. Valga esto en nuestra humilde defensa. Quizá encontremos alguna vía –llegado el caso- para ver mejorado este trabajo, corregido y aumentado en un futuro, con la ayuda y consejo de los interesados.

             De todas esas fuentes a las que acudimos, la más gratificante y satisfactoria fue la que emanaba de los testimonios que aportaron los más viejos del lugar, siempre con su memoria fresca del pasado y huidiza del presente. Conversar con los mayores es un ejercicio de paciencia. Pero no un ejercicio de paciencia para con ellos sino para con nosotros mismos. Siempre se piensa que queda mucho por escuchar, que las historias no se narran con la debida celeridad, o lo que es aún peor, que la información se discrimina por ser considerada intrascendente o por mera discreción. Los ancianos se sienten en un principio incomodados pues no entienden demasiado bien el valor que pueden llegar a tener las vivencias cotidianas de un pasado tan humilde y simple. Ellos respiran una dignidad rústica, bendecidos por el peso honesto de los años.

              Pero eso es sólo, como decimos, el principio, pues pronto se dejan embaucar por laInscripción sobre una pieda. 1671. Posiblemente la casa más vieja de Calpe. magia de los recuerdos y surgen las anécdotas y las referencias como cerezas apiñadas, siempre salpicadas por las sentencias de su filosofía campesina. No son pocas las veces que los familiares te lo arrebatan –ya está bien- porque al abuelo le encuentran cansado y alterado.  Para otros decanos de la sembradura ochenta años largos no son nada, y te sacan cuatro cuerpos remontando peñas. Desde una atalaya de roca con el valle abajo te lo cuentan, con lujo de detalles si lo quieres, y te dejan que se van a hacer leña mientras tu sueñas con el consuelo urbano de una cerveza ante tanto desgaste. Muchos de los que entrevistamos ya no están con nosotros, y no sólo sentimos su marcha y su ausencia, sino que, con un cierto sano egoísmo, también añoramos todo aquello que dejaron por decir.

              Sobre el terreno, los domingos matinales nos regalaron con su frescor punzante las breves sierras y las pocas partidas sin explotar. Domingos tempraneros de alpargata y bocadillo, cámara fotográfica y plano. Como cazadores sin armas, nos adentramos por los viejos caminos que respetó la urbanización tan escasamente. A veces nos topábamos en el enclave escogido con un montón de piedras enfoscadas de argamasa y los pocos fragmentos de un librillo, únicos vestigios por recuerdo de una construcción desaparecida tras las paleras.

              Para nosotros fue un verdadero regalo, tras vencer un interminable repecho en “Tierra Oreja”, el encontrarnos con una caseta ruinosa, inhóspita, que guardaba para sí, en una tímida leyenda, la fecha de su edificación. Quizá, muy probablemente, por qué no, se trate de la más antigua casita calpina, sin ofender a todas las que reposan en los cimientos y muradas de otras posteriores viviendas reconvertidas. Su alarife había tenido a bien imprimir su data de construcción con grafía añeja y desleída: “año 1671”, para remembranza de su logro, sabedor de que el tosco hogar que levantara con pobres medios, piedras, cañas y barro, finalmente le sobreviviría. No apuntaremos su localización pues la estadística demuestra que no todo el mundo está en su mejor juicio, y lo psicopático, desgraciadamente, puede llegar a afectar a lo arqueológico.

              En otras inspecciones repetidas comprobamos como la rapiña había ido desmontando tejas y desguazando elementos de la humilde arquitectura de muchas masietas deterioradas. La intemperie hizo el resto y las vimos arruinarse compartiendo la enojosa frustración de sus propietarios. Ciertas casas de labor, hoy renovadas, las hubiésemos preferido conocer en otro tiempo o quizá en franca decadencia, pero antes, muy antes que visitarlas, gracias a la amabilidad de sus amos, para comprobar que las rehabilitaciones sufridas por la vivienda centenaria se habían realizado con escasez de presupuesto y pésimo gusto. Alguna pulga nos llevamos cosida al pantalón como recuerdo de nuestro periplo por cuadras y corrales; mala experiencia la que se tuvo con una que se nos hizo huésped en un porquera de Oltá y que hizo de las suyas en el lecho marital.

             Las pesquisas realizadas en los fondos documentales que albergan los archivos históricos provinciales nos revelaron las escasas evidencias que mal alumbran la vida económica comarcal del siglo XIX. Desafortunadamente, los pocos documentos precisaban de una concienzuda labor de análisis y confrontación pues sus listados de electores, contribuyentes o sus antecedentes principalmente de carácter fiscal, por sí mismos, no nos aportaban gran cosa. En ocasiones la información por imprecisa y rutinaria o por fríamente estadística, nos parecía irrelevante.

             La concejalía de urbanismo municipal, ante nuestra petición de acceso a los fondos históricos catastrales del municipio, nos remitió a la gerencia territorial provincial pues los únicos testimonios documentados que se conservan se concretan en un puñado desordenado de folios deteriorados del catastro de riqueza rústica de 1947.

             Indefectiblemente la investigación que llevábamos a cabo iba aumentando nuestros conocimientos sobre el ayer campesino de estas tierras y sus gentes, fin último del proyecto, pero al mismo tiempo, fomentaba en nosotros una nueva conciencia sobre la realidad física y humana del Calpe que hoy nos toca vivir. En cierta forma nos resistíamos a involucrarnos en asuntos contemporáneos que pudiesen distorsionar nuestra intención original que se ceñía al eco del pasado más lejano posible, mas nos parecía inevitable no bucear en la revolución morfológica y social que había devastado el paisaje que con tanto fervor intentábamos descubrir y describir. Nos negamos a ser rehenes de lo académico y sucumbimos al dictado de nuestra voluntad. Éramos conscientes de que, como aficionados a la Historia, a la geografía, a la lingüística, a la genealogía, a todo al fin, sólo se nos podía valorar por nuestro trabajo con condescendencia , y dejamos por lo tanto a un lado la disciplina que ciñe una práctica más científica, para la que, objetivamente, no nos encontrábamos licenciados ni facultados.

              Las heredades habían dado paso a las urbanizaciones, las masías a los adosados, los caminos a las carreteras. Si el territorio calpino durante siglos había sustentado a generaciones de labradores y jornaleros con sus humildes recursos agrícolas, escasez de agua y mala calidad del terreno, el fenómeno turístico residencial, en poco más de treinta años, había aplicado su cirugía asolando el territorio en contrapartida al relativo progreso económico y social de los oriundos de la villa. Si las tierras calpinas en el pasado habían sido secas y mal repartidas, concentradas bajo la titularidad de unos pocos terratenientes forasteros, esas mismas fincas habían sido las primeras en soportar el desarrollo urbanístico de la explosión urbanizadora de los 70 del pasado siglo, al haber sido vendidas por sus descendientes a los promotoras pioneras a precios de suelo rústico casi improductivo.

             Qué sarcasmo. Las mejores heredades, en cuestión de aprovechamiento y superficie atendiendo a criterios agrícolas, aquellas que los calpinos del pasado pisaron únicamente como jornaleros, habían sido transmitidas en tiempo record a los nuevos cultivadores de los chalets, empresas foráneas, que las iban poblando de edificaciones, sin mucho orden ni concierto, para los nuevos colonos ricos de la Europa próspera. Al fin y a la postre eran segundas residencias para individuos extranjeros de clase media, de limitados recursos en sus países de origen, pero de posición harto privilegiada si se comparaban sus niveles de renta a los que disfrutaban los miembros de la sociedad local de ese momento.

            Somos también plenamente conscientes de que la temática de nuestra obra es muy heterogénea, apréciese este hecho desde una perspectiva positiva. En la primera parte, que se ciñe a este libro,  ofrecemos una breve visión histórica que atañe a la tierra y a sus gentes, a factores económicos y sociales, con atención especia al disperso del Caserío de la Cometa. En la parte segunda, de próxima aparición, D.M., elaboramos un amplio censo de las viviendas rurales del término, con expresión de sus características, propietarios, etc... Aportamos planos y croquis confeccionados a partir del avance catastral de 1916 que nos permiten situar y conocer las fincas de principios del siglo XX. Al investigar la pequeña historia de estas casas de labor encontramos la mejor excusa para bucear en la toponimia, genealogía y patronímica de estos lugares y personas. No nos hemos podido resistir a incluir en este punto a la partida benisera de Canelles, por su vinculación física y humana con los parajes del poniente calpino. La tercera parte ofrece una serie de trabajos monográficos que se mueven entre lo histórico y lo anecdótico.

         Finalmente, señalar que en las últimas hojas de este libro dejamos un capítulo aparte para señalar las fuentes de archivística, documentales, orales y bibliográficas que alumbran nuestro trabajo. También dejaremos constancia de nuestro agradecimiento al buen número de personas y entidades que nos han ayudado y alentado.

         Ahora, adentrémonos en los frutos de la labor que con humildad y cariño os brindamos.  

                            

Los Autores
Índice del
Volumen I
Índice del
Volumen II
índice del
Volumen IIi
(portada y avance)
Últimas
aportaciones
Archivo
fotográfico
BUSCADOR DE TEXTOS EN EL LIBRO
Aportar
Aclaraciones
Libro de visitas
FORO DISCUSIÓN
webmaster
links
Correo