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CALPE, TIERRA Y ALMAS.
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todos los calpinos
UMBRAL.
Cuando hace ya siete años iniciamos la labor inconcreta de
documentar y recrear la historia viva del Calpe de antaño y su
realidad física, su vida campesina, sus aldeas rurales, no sabíamos
demasiado bien hacia donde encaminar nuestros pasos. No aspirábamos a
remedar los magníficos tratados que en el pasado han confeccionado
algunos hijos enamorados de este pueblo, a la luz de una mayor
capacidad y cualificación que nosotros. No nos sentíamos atraídos
por redactar algo que no pudiera llegar al lector de forma tan íntima
que despertara en él un cúmulo de sentimientos y sensaciones; no
deseábamos laurearnos de ciencia y producir el tocho que nadie se
molestara en curiosear. Al decidir sobre su esquema conductor,
intuíamos esas manos recónditas del libro que se escribe solo,
disponiendo ante nosotros documentación y testimonios con un orden y
una sucesión realmente sorprendentes. A las preguntas acudían las
respuestas entrelazándose con nuevas evidencias que conformaban
paulatinamente un todo más coherente. Tendrán las cosas su por qué,
siempre oculto tras los juicios simples.
Pronto nos dimos cuenta que el breve entorno que íbamos a
estudiar nos abría la puerta hacia una perspectiva concreta y
realista. Se trataba de realizar un compendio de hechos y personajes
situados en el tiempo, concernientes a una pequeña comunidad y que
difícilmente se podía concluir sin apelar a la memoria colectiva y
la tradición oral. Una obra a completar de forma meticulosa pero para
andar por casa, con vocación de rigor científico pero dirigido hacia
un círculo restringido de individuos a quien pudiese interesar. Y por
qué no hacerla, si para nosotros merecía la pena el esfuerzo.
Una nueva sorpresa nos asaltó en el camino: el gran interés
demostrado por diversas personas, totalmente ajenas a la vida de
Calpe, que mostraban su gran curiosidad al conocer los contenidos y
pormenores de nuestro proyecto; que observaban con delicia los
antiguos documentos, fotografías y retratos, y que pedían con
insistencia un ejemplar del resultado final.
En nuestro tiempo, y cada vez con mayor fuerza, el sujeto necesita
afirmarse, saber hacia donde va conociendo de donde viene. Sólo de
esta manera se puede vencer la incertidumbre que genera el reto diario
de sobrevivir entre tantas necesidades creadas, falsamente impuestas,
que terminan por esclavizar al individuo en la lucha por un espejismo.
Por ello, es raro el sujeto que no siente una bocanada de aire fresco
al escuchar las historias de sus mayores, al aspirar el olor del pan
casero, o al recostarse junto a la lumbre de una masía tras un paseo
embriagador de oxígeno por los campos. Surgen fáciles los recuerdos
y los propios pensamientos se liberan y se muestran desinhibidos sin
las ataduras que ciñe la vida diaria.
Cualquier calpino conserva un vínculo íntimo con su tierra.
En muchos casos es vínculo de sangre, en otros de suelo, siempre
afectivo. En las viejas piedras de la rinconada de una casa de campo,
como diría Gabriel Miró, parecen dormir los pasados días, se
desprende de sus muros como un perfume de legitimidad hogareña.
Sin lugar a dudas, los núcleos rurales dispersos, el caserío
de la Cometa junto al caserío del Corralet, el caserío de la Mola y
las casas del Barranco Salado, las casas de Sala o las viviendas más
próximas al casco situadas en los llanos de Benicolada, tantas otras,
se constituyeron como entidades menores de hecho dentro de la vida
calpina y conservaron sus trazos particulares que incluso en nuestros
días luchan por sobrevivir, si
no han desaparecido ya por la expansión arrolladora que nos ha
traído los nuevos tiempos. La propia identidad de estas aldeas
surgió y se fortaleció a través de los lazos endogámicos creados
por la evolución generacional de muy pocas familias cuyos orígenes
calpinos datan de tres o cuatro siglos atrás.
Campo, trabajo y religiosidad. Las ermitas, con sus elementos
anejos comunes, sus pozos, eras u hornos comunales, imprimían el
carácter definitivo de núcleos independientes, células de
comunidades devotas y laboriosas, con sus capillas que hoy ya no
podemos visitar y admirar salvo en el único caso de la Cometa. En
otros, como en el de la legendaria Ermita Vieja de Oltá, de la que no
conocemos sus características, únicamente su ubicación probable,
imaginamos que en su día debió agrupar en sus cercanías casas y
ventorrillos de fieles paganos, lugar de peregrinación para los
habitantes de la población morisca. Incluso de la Ermita del Saladar
-sólo muy recientemente hemos sabido de su existencia sin más
referencias- cabe suponer que fue una dependencia dentro de la heredad
de alguna familia acomodada que contaba con los medios suficientes
para sufragar las obras que le garantizasen un pequeño templo
público y privado destinado al culto.
Si existe hoy apego a las tierras y a los pueblos, es porque
las gentes que aman los siguen viendo como los lugares donde nacieron,
vivieron y murieron sus antepasados, donde ellos mismos jugaron,
crecieron y festearon, y no los contemplan como mercancías que se
puede tasar y vender al mejor postor, aunque esto ocurra. En
el pasado el terruño se transmitía de generación en generación, se
descuartizaba bancal a bancal, compartiendo los dueños idénticos
apellidos. En nuestros nuevos tiempos hemos llegado a simplificar el
comercio de lo que nos mantiene en pie a dos principios fundamentales:
máximo precio en mínimo tiempo posible. El progreso nos llenó la
faltriquera pero algo dentro de nosotros debió de quedar vacío en
penitencia.
La faena nos condujo a numerosos archivos públicos, santuarios
de vida amortiguada, olorosos de moho y papel viejo. En ocasiones, no
tantas, los tutelan personajes enamorados de sus desvanes, de sus
corredores, de sus estantes, de sus secretos; individuos que observan
de soslayo como te conduces y comprueban celosamente que no les
estropeas los fajos al desatar las cintas o las cuerdas que aprietan
los legajos, algunos de éstos intactos desde que los empaquetara un
archivero cuidadoso.
En uno, parroquial, arrinconado en los aposentos de una fría
catedral, descubrimos el tesoro de cinco siglos en cinco libros, con
su retahíla de vivos y muertos, casados y bautizados. Por él no
pasó la guerra, acaso el olvido. Abriendo uno de sus libracos, los
difuntos de la primera mitad del siglo XVIII, descubrimos la triste
evidencia de un niño, ascendiente calpino, que encontró la muerte a
los seis años, y fue enterrado “amore Dei” por ser sus padres
pobres de solemnidad. La picuda letra de mosén se dulcificaba al
practicar este asiento -eso nos pareció al compararla con las fichas
anteriores- como si el rector se hubiese conmovido al certificar el
óbito del desafortunado. Nos impresionó el pensar que quizá esa
página, desgastada por el tiempo, que recogía un nombre y unas
circunstancias, no había sido desplegada en siglos, como si ese niño
no hubiera existido nunca, como si a nadie hubiera interesado su breve
existencia. Eso no podía ser así.
Tomamos conciencia tras el hallazgo que en muchos lugares
desperdigados podían
Difícil empresa. Los pueblos que conservan la joya de sus libros
parroquiales, con sus antecedentes de sangre, suelo, y origen
familiar, almacenan en apenas dos o tres estantes un universo de
existencias palpitantes. No son muchos los individuos curiosos que
espolean al rector para que, entre misa y rezo, se tome la molestia de
asomarse a ese abismo pretérito, abierto en rudos papelorios, e
intente rescatar algún dato de sus antepasados más lejanos. De
nuestro exiguo archivo, que arranca con los antecedentes de 1919, los
registros sólo nos pueden alumbrar algunas reseñas personales que se
remontan al primer tercio del siglo XIX. La estupidez humana ocultó
para siempre el concienzudo trabajo eclesiástico, iniciado a mediados
del siglo XVI, que nos hubiese permitido conocer al dedillo las
raíces humanas de los calpinos de hoy.
Los fondos manejados para intentar profundizar en nuestra
investigación genealógica nos desvelaron que muchos hombres y
mujeres del siglo XIX desconocían su fecha real de nacimiento. En
ocasiones nos aparecían sus nombres y apellidos, en distintos
documentos, con edades que oscilaban entre los diez o quince años de
diferencia. La parroquia de Benissa, que conserva en su integridad
este acervo valiosísimo -gracias infinitas a su archivero amigo- nos
brindó la fuente del apasionante conocimiento de muchos orígenes
familiares que hoy son de profundo orgullo calpino.
Comprobamos con el devenir de los trabajos, como ya intuíamos
o sabíamos, que la vida pretérita de estas gentes había ido
íntimamente ligada a determinados parajes y paisajes, que su
existencia había sido una relación de amor con el terruño, con el
bancal de arriba y con el de abajo, con la masía del fondo y la
casita de aperos; que los apodos no sólo se apoyaban en defectos
físicos o chascarrillos ocurrentes sino que en ocasiones abrazaban la
denominación de las heredades que habían ocupado las estirpes
durante generaciones. De nuevo ante nosotros se desplegó
escalonadamente la documentación necesaria para ir reconstruyendo la
realidad pasada del campo calpino, sus caminos, coladas y veredas.
Atendiendo a la nomenclatura utilizada por el consistorio en distintos
momentos del siglo XIX como números de policía rural, partimos el
término en cuatro
cuarteles cardinales, asignando una numeración a cada casa de labor,
sobre la que volcamos la información que recabábamos de distintas
fuentes de la forma más ordenada y coherente posible.
Pero nos asaltaba continuamente un temor. Documentar, o al
menos intentar
De todas esas fuentes a las que acudimos, la más gratificante
y satisfactoria fue la que emanaba de los testimonios que aportaron
los más viejos del lugar, siempre con su memoria fresca del pasado y
huidiza del presente. Conversar con los mayores es un ejercicio de
paciencia. Pero no un ejercicio de paciencia para con ellos sino para
con nosotros mismos. Siempre se piensa que queda mucho por escuchar,
que las historias no se narran con la debida celeridad, o lo que es
aún peor, que la información se discrimina por ser considerada
intrascendente o por mera discreción. Los ancianos se sienten en un
principio incomodados pues no entienden demasiado bien el valor que
pueden llegar a tener las vivencias cotidianas de un pasado tan
humilde y simple. Ellos respiran una dignidad rústica, bendecidos por
el peso honesto de los años.
Pero eso es sólo, como decimos, el principio, pues pronto se dejan
embaucar por la
Sobre el terreno, los domingos matinales nos regalaron con su
frescor punzante las breves sierras y las pocas partidas sin explotar.
Domingos tempraneros de alpargata y bocadillo, cámara fotográfica y
plano. Como cazadores sin armas, nos adentramos por los viejos caminos
que respetó la urbanización tan escasamente. A veces nos topábamos
en el enclave escogido con un montón de piedras enfoscadas de
argamasa y los pocos fragmentos de un librillo, únicos vestigios por
recuerdo de una construcción desaparecida tras las paleras.
Para nosotros fue un verdadero regalo, tras vencer un interminable
repecho en “Tierra Oreja”, el encontrarnos con una caseta ruinosa,
inhóspita, que guardaba para sí, en una tímida leyenda, la fecha de
su edificación. Quizá, muy probablemente, por qué no, se trate de
la más antigua casita calpina, sin ofender a todas las que reposan en
los cimientos y muradas de otras posteriores viviendas reconvertidas.
Su alarife había tenido a bien imprimir su data de construcción con
grafía añeja y desleída: “año 1671”, para remembranza de su
logro, sabedor de que el tosco hogar que levantara con pobres medios,
piedras, cañas y barro, finalmente le sobreviviría. No apuntaremos
su localización pues la estadística demuestra que no todo el mundo
está en su mejor juicio, y lo psicopático, desgraciadamente, puede
llegar a afectar a lo arqueológico.
En otras inspecciones repetidas comprobamos como la rapiña había ido
desmontando tejas y desguazando elementos de la humilde arquitectura
de muchas masietas deterioradas. La intemperie hizo el resto y las
vimos arruinarse compartiendo la enojosa frustración de sus
propietarios. Ciertas casas de labor, hoy renovadas, las hubiésemos
preferido conocer en otro tiempo o quizá en franca decadencia, pero
antes, muy antes que visitarlas, gracias a la amabilidad de sus amos,
para comprobar que las rehabilitaciones sufridas por la vivienda
centenaria se habían realizado con escasez de presupuesto y pésimo
gusto. Alguna pulga nos llevamos cosida al pantalón como recuerdo de
nuestro periplo por cuadras y corrales; mala experiencia la que se
tuvo con una que se nos hizo huésped en un porquera de Oltá y que
hizo de las suyas en el lecho marital.
Las pesquisas realizadas en los fondos documentales que
albergan los archivos históricos provinciales nos revelaron las
escasas evidencias que mal alumbran la vida económica comarcal del
siglo XIX. Desafortunadamente, los pocos documentos precisaban de una
concienzuda labor de análisis y confrontación pues sus listados de
electores, contribuyentes o sus antecedentes principalmente de
carácter fiscal, por sí mismos, no nos aportaban gran cosa. En
ocasiones la información por imprecisa y rutinaria o por fríamente
estadística, nos parecía irrelevante.
La concejalía de urbanismo municipal, ante nuestra petición
de acceso a los fondos históricos catastrales del municipio, nos
remitió a la gerencia territorial provincial pues los únicos
testimonios documentados que se conservan se concretan en un puñado
desordenado de folios deteriorados del catastro de riqueza rústica de
1947.
Indefectiblemente la investigación que llevábamos a cabo iba
aumentando nuestros conocimientos sobre el ayer campesino de estas
tierras y sus gentes, fin último del proyecto, pero al mismo tiempo,
fomentaba en nosotros una nueva conciencia sobre la realidad física y
humana del Calpe que hoy nos toca vivir. En cierta forma nos
resistíamos a involucrarnos en asuntos contemporáneos que pudiesen
distorsionar nuestra intención original que se ceñía al eco del
pasado más lejano posible, mas nos parecía inevitable no bucear en
la revolución morfológica y social que había devastado el paisaje
que con tanto fervor intentábamos descubrir y describir. Nos negamos
a ser rehenes de lo académico y sucumbimos al dictado de nuestra
voluntad. Éramos conscientes de que, como aficionados a la Historia,
a la geografía, a la lingüística, a la genealogía, a todo al fin,
sólo se nos podía valorar por nuestro trabajo con condescendencia ,
y dejamos por lo tanto a un lado la disciplina que ciñe una práctica
más científica, para la que, objetivamente, no nos encontrábamos
licenciados ni facultados.
Las heredades habían dado paso a las urbanizaciones, las masías a
los adosados, los caminos a las carreteras. Si el territorio calpino
durante siglos había sustentado a generaciones de labradores y
jornaleros con sus humildes recursos agrícolas, escasez de agua y
mala calidad del terreno, el fenómeno turístico residencial, en poco
más de treinta años, había aplicado su cirugía asolando el
territorio en contrapartida al relativo progreso económico y social
de los oriundos de la villa. Si las tierras calpinas en el pasado
habían sido secas y mal repartidas, concentradas bajo la titularidad
de unos pocos terratenientes forasteros, esas mismas fincas habían
sido las primeras en soportar el desarrollo urbanístico de la
explosión urbanizadora de los 70 del pasado siglo, al haber sido
vendidas por sus descendientes a los promotoras pioneras a precios de
suelo rústico casi improductivo.
Qué sarcasmo. Las mejores heredades, en cuestión de aprovechamiento
y superficie atendiendo a criterios agrícolas, aquellas que los
calpinos del pasado pisaron únicamente como jornaleros, habían sido
transmitidas en tiempo record a los nuevos cultivadores de los chalets,
empresas foráneas, que las iban poblando de edificaciones, sin mucho
orden ni concierto, para los nuevos colonos ricos de la Europa
próspera. Al fin y a la postre eran segundas residencias para
individuos extranjeros de clase media, de limitados recursos en sus
países de origen, pero de posición harto privilegiada si se
comparaban sus niveles de renta a los que disfrutaban los miembros de
la sociedad local de ese momento. Somos también plenamente conscientes de que la temática de nuestra obra es muy heterogénea, apréciese este hecho desde una perspectiva positiva. En la primera parte, que se ciñe a este libro, ofrecemos una breve visión histórica que atañe a la tierra y a sus gentes, a factores económicos y sociales, con atención especia al disperso del Caserío de la Cometa. En la parte segunda, de próxima aparición, D.M., elaboramos un amplio censo de las viviendas rurales del término, con expresión de sus características, propietarios, etc... Aportamos planos y croquis confeccionados a partir del avance catastral de 1916 que nos permiten situar y conocer las fincas de principios del siglo XX. Al investigar la pequeña historia de estas casas de labor encontramos la mejor excusa para bucear en la toponimia, genealogía y patronímica de estos lugares y personas. No nos hemos podido resistir a incluir en este punto a la partida benisera de Canelles, por su vinculación física y humana con los parajes del poniente calpino. La tercera parte ofrece una serie de trabajos monográficos que se mueven entre lo histórico y lo anecdótico.
Finalmente, señalar
que en las últimas hojas de este libro dejamos un capítulo aparte
para señalar las fuentes de archivística, documentales, orales y
bibliográficas que alumbran nuestro trabajo. También dejaremos
constancia de nuestro agradecimiento al buen número de personas y
entidades que nos han ayudado y alentado.
Ahora, adentrémonos
en los frutos de la labor que con humildad y cariño os brindamos. |
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