LAS
FAMILIAS CALPINAS. ORÍGENES.
La familia campesina, pobre, menesterosa, o simplemente acomodada en su modesta economía doméstica, vive y se desarrolla en una lucha constante por la vida. Al estudiar a los “Ricos de
Benissa”, dibujamos los trazos de unos grupos sociales ocupados y preocupados en cimentar y mantener una existencia que, garantizadas con creces sus necesidades básicas, precisaba de la formación humanista, la cultura y el poder político para darle un sentido y un fin; el poso generacional que fue dejando el lustre familiar de los hacendados cubrió durante siglos la cara de tantos miles de humildes personajes sin nombre que llevaron una vida azarosa en pro de la propia supervivencia y la de sus familias.
El principal elemento que atosiga la existencia del trabajador del campo es la incertidumbre. Incertidumbre ante los alternativos períodos de ocupación y desocupación; incertidumbre ante los bajos salarios, las sequías y las inclemencias meteorológicas, las epidemias, la escasez de dinero en efectivo, la usura de los prestamistas, la ausencia de ahorros, la enfermedad o la desgracia, la guerra.
El labrador y el jornalero cohabitan con un sentimiento de desesperanza, estoicamente anclado en su condición, sin visión de futuro y resignados al fatalismo que impone la vida. El bajísimo nivel cultural, la superioridad masculina, los sentimientos de marginalidad, abandono, de no pertenecer a algo, se funden con una actitud crítica, no manifiesta, hacia la sociedad, el poder político y los jefes e instituciones. La figura real es, en general, venerada, como si fuese inspirada, así se les hacía ver, por los designios de Dios Nuestro Señor. El agricultor, por lo general, se encuentra empapado de una gran religiosidad, es piadoso y algo supersticioso, conoce por los caseros de los hacendados y sus procuradores lo que sucede en el mundo, y si algo le otorga fuerzas para continuar su reto por la vida, es la seguridad de que la prosperidad llegará, que si no la ve él, serán sus hijos los que la obtendrán.
Cabría preguntarse que tipo de relación mantiene el campesino calpino con el terrateniente benisero; la respuesta es definitiva: la relación es inexistente. Las mejores fincas calpinas, propiedad de estos hacendados, son explotadas por labradores de
Benissa en todos los casos. Ejercen como caseros de las grandes casas de labor, y contratan la mano de obra en los distintos períodos de la actividad agrícola con jornaleros locales. La heredad de la Empedrola es trabajada por los Ivars Giner durante la primera mitad del siglo XIX y los Ripoll Crespo en la segunda. La finca del Cocó es ocupada por la familia Femenía “Pelats” –hoy el apodo ha variado a “Gelats”, originarios de la villa vecina. La masía del Plá, faenadas sus tierras por los Perles, aunque de antigua raíz calpina son también oriundos de
Benissa, es habitada por estos vecinos beniseros. Igual caso que los Pineda “Casanova”; Giner, de la “Cometa”, Crespos “del Có” en la Masía de “Águeda” y la «Manzanera», todos asentados en heredades productivas del terrateniente foráneo. Cabe suponer que durante las elecciones a diputados provinciales de la segunda mitad del siglo XIX, el corto electorado calpino sería aleccionado a votar por los próceres beniseros, pero en todo caso esta promoción de voto se haría efectiva a través de los responsables del consistorio. Los sistemas de presión serían insistentes, con control de las mesas de votación, compra de votos o falsificación de actas.
El espíritu liberal constitucionalista del pueblo, avivado por la devoción hacia la figura real, chocaría con las posturas políticas indeterminadas y difusas de estos caciques acomodados. La Iglesia se había posicionado junto a los más rancios ideales inmovilistas, y en tiempos de guerra con los bandos partidarios del carlismo. Inspirados por la vieja idea absolutista y conservadora, los ricos hacendados se debatían entre un liberalismo “sui generis” que se había apoderado de la nobleza pero con el sustrato de un profundo desprecio al pueblo llano, y una activa defensa de los valores conservadores y caciquiles que encuentran su máxima representación con la alianza de los Orduña de Guadalest, Sala de Pego y Torres de
Benissa.
Al carlismo se había aliado el bandolerismo, y tras las continuas y a veces sangrientas algaradas que alteraban la vida comarcal del siglo XIX, se escondían los juegos de poder de los más oscuros personajes. Difícil época, contradictoria si cabe; tiempos en que progresistas y republicanos podían andar cogidos de la mano, a la vez que los eclesiásticos se alineaban junto a prohombres hacendados tutelados por “roders” proscritos. Para las oligarquías urbanas y terratenientes la marea liberal ponía en peligro su situación de privilegio, pues cuestionaba sus mecanismos de enriquecimiento y control social. Por ello, ya fuera a través de posturas más o menos radicales, estas élites fomentaban la organización de luchas políticas provocando el malestar de las capas más empobrecidas.
El hombre del campo, y el de la mar, aunque no ajeno a esta inestabilidad política permanente, centra sus esfuerzos en sobrevivir. Los pobres emigran por el hambre a Argelia, o desertan cuando son llamados a filas para defender al gobierno constitucional. Los que cuentan con pequeños predios para trabajar, o superviven con el arte de la pesca, llevan una vida mísera, llena de privaciones. Los alimentos escasean, y para los más pobres las algarrobas e higos son la fuente única de nutrición durante largos períodos, que se acortan sólo por el bálsamo de la beneficencia. Cuando su dedicación no lo impide todos estos miembros de una sociedad desigual y menesterosa gustan de las celebraciones religiosas, los días de feria y mercado, y las pequeñas fiestas de caserío, con sus jotetas, vinos y licores que alivian su dura existencia. Por lo general son de carácter reservado, respetuosos con la palabra dada y amantes de las tradiciones. Los pleitos por deslindes de tierras, por incumplimiento de acuerdos verbales o por pequeños hurtos, se llevan con un gran resentimiento que en ocasiones involucran a generaciones de por vida.
La familia pervive en la costumbre. Los hijos pronto colaboran en las labores del campo junto a las madres. Tener prole femenina garantiza los cuidados en la vejez y para ello se les ejercita en las tareas domésticas.. Las tierras suelen repartirse entre los vástagos con el padre en vida, y se venera especialmente la figura del abuelo que es el más beneficiado a la hora del alimento. El festeo tiene sus reglas y la aprobación paterna ante la petición de relaciones o casamiento, se otorga tras valorar las aptitudes del aspirante. En otras ocasiones el universo vital es tan cerrado que las parejas, desde casi la niñez, han estrechado vínculos que tienen su origen en el parentesco más cercano.
En general el número de hijos es muy amplio, con una mortalidad infantil altísima. Los recién nacidos fallecen en el parto por “accidentes de la dentición o falta de desarrollo”; por “debilidad congénita o pasmo”, según los partes facultativos. Son frecuentes las muertes prematuras por “tisis, llagas, bronquitis crónicas, tifus, colapsos, pallola, disentería, paludismo, pulmonía o tuberculosis, entre otras causas”.
Hablábamos de la religiosidad del campesino, pero debemos matizar convenientemente que no se trata de una forma de religión de ortodoxia oficial, sino de una versión plena de expresiones rituales paganas, amparadas en la práctica pública y privada de comportamientos tradicionales. Pervive en estos usos la raíz milenaria de las culturas más primitivas que aplicaban un sistema ritual al ciclo anual de la agricultura, al ciclo de la vida y de la muerte, suceso último que los individuos aguardan sin especial dramatismo.
Si en esas comunidades se invocaba al dios de la lluvia con las más peregrinos liturgias; en las nuestras, cristianas y recientes, son las rogativas y las conjuras de tronadas, las que postulan la intercesión de los santos en la bonanza climatológica. A los animales domésticos se les bendice el día de san Antonio Abad; a los campos el de la Santa Cruz; dichoso el día de san Miguel con su premio de cosechas. Estas acciones rituales, quizá más cercanas a la superstición que a una práctica devocional, se extienden a múltiples requisitorias, y se materializan más en símbolos y gestos que en textos y discursos. El curanderismo se nutre también de esta religiosidad pagana, practicado con fórmulas rituales totalmente alejadas de los conceptos propagados por la Iglesia oficial.
Todos estos trazos generales dibujan la forma de vida de nuestros antepasados, anclados a un medio físico, humano y político hostil. Detrás de estos protagonistas sin rostro se esconden las estirpes familiares que hoy cuentan con descendencia en nuestra villa. Sólo podemos lamentar el documentar brevemente su origen ante la ausencia de testimonios históricos más explícitos.