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CALPE, TIERRA Y ALMAS.
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FAMILIAS CALPINAS. ORÍGENES
La familia campesina, pobre, menesterosa, o simplemente
acomodada en su modesta economía doméstica, vive y se
desarrolla en una lucha constante por la vida. Al estudiar a los
“Ricos de Benissa”, dibujamos los trazos de unos grupos
sociales ocupados y preocupados en cimentar y mantener una
existencia que, garantizadas con creces sus necesidades
básicas,
El labrador y el jornalero cohabitan con un sentimiento
de desesperanza, estoicamente anclado en su condición, sin
visión de futuro y resignados al fatalismo que impone la vida.
El bajísimo nivel cultural, la superioridad masculina, los
sentimientos de marginalidad, abandono, de no pertenecer a algo,
se funden con una actitud crítica, no manifiesta, hacia la
sociedad, el poder político y los jefes e instituciones. La
figura real es, en general, venerada, como si fuese inspirada,
así se les hacía ver, por los designios de Dios Nuestro
Señor. El agricultor, por lo general, se encuentra empapado de
una gran religiosidad, es piadoso y algo supersticioso, conoce
por los caseros de los hacendados y sus procuradores lo que
sucede en el mundo, y si algo le otorga fuerzas para continuar
su reto por la vida, es la seguridad de que la prosperidad
llegará, que si no la ve él, serán sus hijos los que la
obtendrán.
Al carlismo se había aliado el bandolerismo, y tras las
continuas y a veces sangrientas algaradas que alteraban la vida
comarcal del siglo XIX, se escondían los juegos de poder de los
más oscuros personajes. Difícil época, contradictoria si
cabe; tiempos en que progresistas y republicanos podían andar
cogidos de la mano, a la vez que los eclesiásticos se alineaban
junto a prohombres hacendados tutelados por “roders”
proscritos. Para las oligarquías urbanas y terratenientes la
marea liberal ponía en peligro su situación de privilegio,
pues cuestionaba sus mecanismos de enriquecimiento y control
social. Por ello, ya fuera a través de posturas más o menos
radicales, estas elites fomentaban la organización de luchas
políticas provocando el malestar de las capas más
empobrecidas.
La familia pervive en la costumbre. Los hijos pronto
colaboran en las labores del campo junto a las madres. Tener
prole femenina garantiza los cuidados en la vejez y para ello se
les ejercita en las tareas domésticas.. Las tierras suelen
repartirse entre los vástagos con el padre en vida, y se venera
especialmente la figura del abuelo que es el más beneficiado a
la hora del alimento. El festeo tiene sus reglas y la
aprobación paterna ante la petición de relaciones o
casamiento, se otorga tras valorar las aptitudes del aspirante.
En otras ocasiones el universo vital es tan cerrado que las
parejas, desde casi la niñez, han estrechado vínculos que
tienen su origen en el parentesco más cercano.
Hablábamos de la religiosidad del campesino, pero
debemos matizar convenientemente que no se trata de una forma de
religión de ortodoxia oficial, sino de una versión plena de
expresiones rituales paganas, amparadas en la práctica pública
y privada de comportamientos tradicionales. Pervive en estos
usos la raíz milenaria de las culturas más primitivas que
aplicaban un sistema ritual al ciclo anual de la agricultura, al
ciclo de la vida y de la muerte. Si en esas comunidades se
invocaba al dios de la lluvia con las más peregrinos liturgias;
en las nuestras, cristianas y recientes, son las rogativas y las
conjuras de tronadas, las que postulan la intercesión de los
santos en la bonanza climatológica. A los animales domésticos
se les bendice el día de san Antonio Abad; a los campos el de
la Santa Cruz; dichoso el día de san Miguel con su premio de
cosechas. Estas acciones rituales, quizá más cercanas a la
superstición que a una práctica de devoción, se extienden a
múltiples requisitorias, y se materializan más en símbolos y
gestos que en textos y discursos. El curanderismo se nutre
también de esta religiosidad pagana, practicado con fórmulas
rituales totalmente alejadas de los conceptos propagados por la
Iglesia oficial.
Todos estos trazos generales dibujan la forma de vida de
nuestros antepasados, anclados a un medio físico, humano y
político hostil. Detrás de estos protagonistas sin rostro se
esconden las estirpes familiares que hoy cuentan con
descendencia en nuestra villa. Sólo podemos lamentar el
documentar brevemente su origen ante la ausencia de testimonios
históricos más explícitos.
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