LAS
MANOS INVISIBLES.
Principiaba nuestro prefacio, UMBRAL, terminado de redactar en la navidad del año 2001, con la resolución escrita de un sentimiento, de una sensación: “Hay quien afirma que ciertos libros no los escribe nadie pues se escriben solos, y el que ejercita de junta letras no es más que el mero instrumento de sus manos invisibles”.
Esta afirmación, que indudablemente despega sus pies del suelo, nunca nos pareció más oportuna, más ajustada a la realidad palpable, que el día miércoles, 22 de Mayo del 2002, con esta obra a punto de entrar en los hornos de la imprenta, y con sus operarios hasta la coronilla por la confusión, los retrasos, los nervios y las malas prisas.
Suena el teléfono. José Antonio Sala, por el móvil, se expresa extraña, atropelladamente. Luri, que escucha y ahora junta estas letras, parece llegar a entender que se le “ha aparecido san Juan”, y tensa los músculos alarmado, temiendo que los injustos calores de esa postrera primavera, reflejados en los andamios por los muros, hayan dejado terribles huellas en la sesera del colega amigo.
Reclamada la calma e impuesto un orden, la noticia toma cuerpo y se concreta en un hecho hermoso y desconcertante: la legendaria estatuilla del san Juan niño de la Cometa, mutilada por la sinrazón de la guerra fratricida en 1936, supuestamente enterrada en algún bancal del paraje, y sin éxito buscada por sus amantes cometeros no ha mucho, se encuentra, asegura, ahora, al alcance de su mano. Parece que el “Xiquet” ha decidido retornar a su sagrado hogar, a pesar de las heridas que arrastra por su ajetreada historia. Ambos comparten euforia y desconfianza, alegría e incredulidad.
Juan Antonio Norte Llorca, 35 años, palamonero –no es insulto, es natural del Palamó, Villafranqueza, Alicante- es un encargado de obra pública que durante los últimos meses se ha dedicado a abrir viales por las tierras del Regaig desde la atalaya de cristal metálico de una máquina pesada; de esas que, de un mordisco, descuartizan un bancal, y se llevan un metro cúbico de terrón a mejor puesto. Alguien le había soplado a Juan Antonio, que por aquel lugar, podía andar enterrado un santo, que él creía seco, enjuto en madera, y a esas alturas del tiempo, con cara de pocos amigos. Cucharada de tierra por aquí y por allá, sembró Norte un vertedero de secarral inservible, y lo peinó con la pala para apelmazarlo. Algo debió de empujarle a abandonar el trono del mastodonte de hierro, y a pegar un vistazo, en principio inservible, sobre la humeante tierra. Agachó el lomo, y descubrió lo que parecía un bloque de material extraño: mármol; y, claro, de la fosa a la furgoneta. Se encontraba a unos cien metros al norte de la ermita. Claro, al norte.
El hallazgo fue confinado entonces al almacén de una casita del campo de Villafranqueza, y no tardó en verse bañado por agua abundante, y acariciado por unas uñas curiosas. Juan Antonio comprobaba que ese bloque blanquecino de mármol contaba con pequeñas formas humanas perfectas. Carecía de cabeza y extremidades, y por la túnica pensó que se trataba de una hembra, una diosa pagana, aunque no dejaba de extrañarle que el escultor hubiera sido tan poco exuberante al esculpir el único pecho al aire, que él mismo, de haber sido su autor, habría diseñado con mucha más generosidad y deseo.
Desde este punto a la atolondrada conversación telefónica de los dos amigos, se tejen un buen sinnúmero de situaciones y coincidencias peculiares, inexplicables, que desembocan en el depósito de la reliquia pétrea de san Juan en las manos de los autores de este libro.
Sábado, día 26 de Mayo de 2.002. Hierven las tierras alicantinas bajo un sol de justicia. Villafranqueza, ya convertida en un barrio más de Alicante, les espera. La emoción se desborda cuando Norte descubre el pequeño santo, abrigado por una prenda deportiva. Definitivamente es una obra de arte; a pesar de sus taras. La primera impresión, con todas las reservas, es que se trata de una estatuilla original de unos 70
cms. realizada en mármol blanco de Carrara, de estilo neoclásico, y datable de la segunda mitad del siglo XIX. Ya dirán los especialistas. Se hartan de tomar y tomarse fotografías, con jubilosa precipitación, y retornan a Calpe, con la causa de su alegría aposentada en el maletero del vehículo, deseosísimos de dos cosas: compartir su dicha con todos los calpinos, y devolver al niño que trascendió de la piedra, al lugar del que nunca debió de salir. Creen firmemente, autopista al norte, que Él, también lo desea, que ese callado pasajero que les acompaña se encuentra muy feliz de volver a su casa.