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CALPE, TIERRA Y ALMAS.
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Antecedentes. Las Familias pairales de Benissa. Las familias
campesinas. 100 apellidos calpinos. Propiedad de la tierra durante
el siglo XIX. Núcleos rurales dispersos a finales del siglo XIX.
Endogamia. Sectores Económicos en 1900, Benissa y Calpe.
Analfabetismo.
La historia del Calpe antiguo se encuentra envuelta en la
oscuridad del tiempo. Las primeras noticias sobre núcleos de
población en el hoy término proceden de la Edad de Bronce,
concentrándose en la
La época islámica también se halla envuelta en la
incertidumbre de la ausencia documental. Afanados en las labores de
la pesca y la agricultura, ocuparon nuestros territorios imponiendo
su patrimonio humano y espiritual con pasión guerrera. La
tradición histórica atribuye a Pedro Eximenis Carroz y a Bernat
Abella la conquista cristiana en el verano de 1240 después de haber
tomado Denia. Confió el rey Jaime I la plaza a su fiel caballero
Carroz en premio a sus servicios y desvelos. El establecimiento de
la población cristiana se
produce tras el alzamiento de Al Azraq. Desde la conquista de 1288
fue lugar de realengo pasando posteriormente a ser Señorío de Jaspert de
Castellnou. En 1290 es adquirido por Bernat de Sarriá y al también
almirante Roger de Lauria que impulsa la edificación del poblado de
Ifach. Dicho núcleo queda asolado durante la guerra de los Dos
Pedros. Tras la guerra de los Trastamara ya en 1359, y una vez
padecidas las cruentas batallas navales de castellanos y aragonés
llega la paz. Estos sucesos dieron lugar al traslado y localización
de las nuevas alquerías que originan el Calpe actual que después
pertenecen al Condado de Denia.
En 1386 se produce la partición del término del Castillo de
Calpe que crea los posteriores términos de Calpe, Benissa y Teulada.
En la Edad Moderna pasa a manos de Roderic de Rebolledo y por éste
a los Palafox, quienes ejercitaron su jurisdicción hasta la
disolución del régimen señorial en 1837. En 1381 Calpe tenía 23
casas de cristianos y un número impreciso de musulmanes, mientras
que Benissa contaba con 56 casas de cristianos que se convierten en
71 en 1409; además, los musulmanes, se asentaron en 11 viviendas de
Benimallunt, 11 de Albiñent y 4 de Benimarraig.. En el mismo año,
en Calpe, documentamos 20 casas de cristianos y 11 de musulmanes,
aunque a partir de esta fecha se observa un incremento de su
población islamizada.
En los inicios del Siglo XVI, según Escolano, la población
calpina ascendía a unos 100 vecinos: unos 500 habitadores. La
amenaza de corsarios y piratas induce al rey Felipe II a reforzar la
defensa de la ciudadela y las murallas se ven mejoradas con torres
vigías y una guarnición permanente. Estas medidas no evitaron la
fatal incursión de la noche del 3 de Agosto de 1637 que concluyó
con el traslado masivo de los habitadores calpinos a Berbería;
cinco años más tarde fueron repatriados a cambio de piratas presos
y oro. Apenas unas décadas antes la expulsión morisca había
supuesto un hito histórico y económico trascendental en la vida de
nuestra comunidad que había despoblado las tierras y había
exacerbado los ánimos de los expatriados, llenos de
resentimiento y sedientos de venganza.
En 1660, por motivo de los esponsales de la infanta María
Teresa de Austria con Luis XIV, Rey de Francia, se confecciona una
nueva relación a partir de las manifestaciones realizadas por los
jurados y justicias de las villas del reino. Dicha relación
relativa a los habitadores de la villa de Calpe determina un total
de 75 nombres, divididos en 69 pagadores, 4 pobres, 1 militar y 1
eclesiástico. El fogatge de 1703 indica que el volumen de
población prácticamente no ha variado y se contabiliza en unos 59
vecinos, cabezas de familia; pero en apenas diez años se dobla la
población de acuerdo a los registros del Censo de Campoflorido.
Este número de habitadores permanece estable hasta la mitad de ese
siglo.
En octubre de 1744, se vivieron sucesos parecidos a los de
1637, eventos que inspiraron la leyenda del valor del joven calpino
Caragol La justicia divina le dotó de fuerzas suficientes para
cerrar los portones de la villa y así se pudo evitar una nueva
invasión corsaria. La cabeza de Ali Ben Cofar fue el trofeo por la
feliz conclusión de la afrenta. La paz no se afianzaba, y la guerra
de Sucesión, por el conflicto entre el Archiduque Carlos y Felipe
V, involucrados ingleses y franceses, también convulsionó la
relativa tranquilidad de nuestras tierras. Hacia finales del primer
tercio de este siglo una masiva infección por calenturas y
terciarias postra a gran parte de la población calpina por la
fermentación de los míseros colchones de esparto. 50 libras para
paliar la pobre situación son donadas por el Ayuntamiento de
Valencia como limosna. El censo de Aranda cifra en 910 los calpinos
habitadores en el año 1769, dedicados unos a la pesca de la
sardineta y a la de atún en la almadraba del Bol; el resto afanados
en las labores campesinas. Los antecedentes facilitados por el
botánico Cavanilles nos indican el importante crecimiento
demográfico de Calpe a finales del XVIII
que pasa a contar en pocos años con unos 1.200 habitantes.
No tardaría demasiado la villa en verse en un nuevo agravio con el
francés, pues la guerra de Independencia a principios del XIX
propició la derrota del invasor en una mañana de mayo de 1813. A
partir de esta fecha los niveles de población crecen
paulatinamente: en 1842 señala Madoz una nómina de 1.320 calpinos,
cantidad que se dobla en los albores del siglo XX.
El Padre Llopis, en su celebrado libro sobre la historia de Calpe,
nos señala que a principios del siglo XVII las mejores tierras
calpinas se encontraban en manos de labradores moriscos,
industriosos campesinos que vivían congregados en pequeñas
alquerías dispersas por el término. Los caseríos del Ráfol o
Llombers, parajes circunscritos en nuestra área de estudio, con sus
contadas viviendas rurales, son buen ejemplo de estos núcleos de
población de los cuales el único vestigio que se ha conservado es
el nombre.
La villa de Calpe, recinto fortificado con sus habitadores
cristianos viejos, coexistiría con la aljama morisca extramuros.
Está visión es gráfica para describir el distanciamiento físico
y espiritual motivado por la fe y las creencias religiosas. Con
ello, cabría suponer que ambas comunidades, en general,
mantendrían una convivencia pacífica, e incluso, participarían
activamente en la resolución de asuntos comunes por su condición
de vecinos. Idílica nos parece la estampa que funde el canto del
almuecín con el insistente repiqueteo de la campana, llamando ambos
a oración.
El Decreto de expulsión, dictado en 1609, supuso un
acontecimiento de tremendo impacto social y económico, cultural y
político. El desahucio en un plazo de tres días de un vasto sector
de la población valenciana, acarrearía consecuencias que incluso
hoy en día son objeto de controversia entre tratadistas.
Obviamente si las mejores tierras calpinas se encontraban en
manos moriscas, la expulsión y el despoblamiento acarrearía el
abandono físico y agrícola de las mismas. Para el Padre Llopis,
estos sucesos motivaron que todas estas heredades calpinas fueran
transmitidas a acomodadas familias beniseras. que las explotarían
hasta bien entrado el siglo XX.
Cierto es que la situación generada por el Decreto de
expulsión conllevaría nuevas relaciones contractuales con los
adquirentes, en condiciones ventajosas para el Señor de Calpe,
Marqués de Ariza, quien pactaría estas relaciones futuras, sujetas
al régimen jurisdiccional, con obligaciones claramente estipuladas
en los contratos enfitéuticos; pero cabe pensar que los antiguos
establecimientos entre el Señor y los tenedores de la tierra
debieron transcurrir por cauces satisfactorios dada la laboriosidad
del labrador morisco y su escrupulosa corrección a la hora de
cumplir con sus obligaciones censales. Si bien la nueva situación
permitió la revisión de unas condiciones más óptimas en favor
del Señorío de Ariza, éstas también se debieron de plantear en
términos de urgencia pues la regulación sin retraso de las nuevas
relaciones contractuales con los tenedores de las tierras
permitiría rentabilizarlas sin dilación desde el punto de vista
económico y a no verlas en decadencia, abandonadas y yermas, lo que
iría en detrimento de sus propios intereses señoriales.
El régimen de tenencia se establece por medio del contrato
enfitéutico por el que las fincas agrícolas que están bajo el
dominio directo del señor son transmitidas al dominio útil del
labrador que las explota. Es decir, nos encontramos ante un derecho
de uso y disfrute que en contrapartida observa una serie de
obligaciones contractuales: el pago del censo, la fadiga, el luismo
o laudemio. Hablamos de un derecho de uso, pero que también respeta
para el labrador un derecho de pleno goce y de enajenación por lo
que se consolida en el tenedor un verdadero sentimiento de
propiedad. Las fuertes cargas que soportaban los campesinos se
veían compensadas por la seguridad de que nadie podía desposeerlos
de sus heredades, tierras que en muchos casos cultivaron los padres
y serían legadas a los descendientes.
Las condiciones de vida para estos nuevos establecimientos se
especificaban en las llamadas cartas poblas. En sus primeros
capítulos los nuevos tenedores reconocían la erección del
régimen señorial, aceptaban el vasallaje, la obediencia, homenaje
y jurisdicción del Señor. La Enfiteusis, referido negocio
contractual regulador de las relaciones bilaterales sobre bienes
raíces, comportaba la explotación agrícola de las fincas con la
diligencia del buen labrador y la fiel observancia de las
obligaciones de pago al Señor en reparto de frutos y censo en
dinero. En caso de venta, el Señor debía otorgar licencia
reservándose un 10% del precio: luismo o laudemio; o podía ejercer
un derecho de tanteo, recuperando la finca en las mismas condiciones
en que se pretendía transmitir, o impedir la enajenación si el
comprador no era deseado: la fadiga. Los señores se reservaban las
regalías existentes en los lugares o las que se formaran: hornos,
molinos, tiendas, etc.. las cuales podían explotar directamente o
arrendarlas.
A grandes rasgos estas son las características esenciales
del nuevo escenario: despoblamiento, tierras por ocupar, nuevas
relaciones entre Señor y vasallos, dentro de un marco económico
difícil, influido por las penurias agrícolas, las crisis
políticas, las guerras u otros factores como el clima o las
epidemias.
Pero si la dificultad en localizar nuevos ocupantes para
explotar las heredades abandonadas habría convencido al Señor de
Ariza a transmitir las fincas calpinas a las familias beniseras, nos
parece lógica esta deducción, la cuestión básica era la de
encontrar repobladores para las tierras desocupadas. La Corona se
limitó a dar total libertad a los Señores para fijar las
condiciones de repoblación y no ejerció control alguno sobre la
situación.
Conocemos a partir del listado nominal de habitadores de
Calpe, elaborado por la Generalitat en el año 1646, tres años
después del ataque pirático que concluyó con la captura y
reclusión en Argel de más de 300 calpinos, que el número de
cabezas de familia que poblaban la villa era de 56 y podemos
confirmar el asentamiento de los primeros repobladores de origen
mallorquín.
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