CALPE, TIERRA Y ALMAS.                                    volver al índice
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EL PAISAJE HUMANO.

 

            Antecedentes. Las Familias pairales de Benissa. Las familias campesinas. 100 apellidos calpinos. Propiedad de la tierra durante el siglo XIX. Núcleos rurales dispersos a finales del siglo XIX. Endogamia. Sectores Económicos en 1900, Benissa y Calpe. Analfabetismo.    

            La historia del Calpe antiguo se encuentra envuelta en la oscuridad del tiempo. Las primeras noticias sobre núcleos de población en el hoy término proceden de la Edad de Bronce, concentrándose en laExpulsión de los Moriscos. Carducho, Museo del Prado. Madrid. ladera del Peñón de Ifach durante el período ibérico. Posteriormente nuestro territorio es ocupado por fenicios, cartagineses, romanos, árabes y cristianos hasta los primeros siglos de nuestra era. El asentamiento actual de la población data del siglo XII. Los vestigios de la próspera colonia romana instalada en nuestras tierras largo tiempo, testimonios suyos los de los Baños de la Reina y las villas vecina llenas de bellos mosaicos formando cenefas, nos hablan del pasado esplendoroso de una sociedad industriosa de la que sólo podemos aportar alguna referencia si nos apoyamos en fuentes inespecíficas y nos recreamos en los recursos de la leyenda. Candiles, monedas, ánforas y sepulturas, completan el legado milenario de una cultura avanzada, con un pasado grande y exquisito.

              La época islámica también se halla envuelta en la incertidumbre de la ausencia documental. Afanados en las labores de la pesca y la agricultura, ocuparon nuestros territorios imponiendo su patrimonio humano y espiritual con pasión guerrera. La tradición histórica atribuye a Pedro Eximenis Carroz y a Bernat Abella la conquista cristiana en el verano de 1240 después de haber tomado Denia. Confió el rey Jaime I la plaza a su fiel caballero Carroz en premio a sus servicios y desvelos. El establecimiento de la población cristiana  se produce tras el alzamiento de Al Azraq. Desde la conquista de 1288 fue lugar de realengo  pasando posteriormente a ser Señorío de Jaspert de Castellnou. En 1290 es adquirido por Bernat de Sarriá y al también almirante Roger de Lauria que impulsa la edificación del poblado de Ifach. Dicho núcleo queda asolado durante la guerra de los Dos Pedros. Tras la guerra de los Trastamara ya en 1359, y una vez padecidas las cruentas batallas navales de castellanos y aragonés llega la paz. Estos sucesos dieron lugar al traslado y localización de las nuevas alquerías que originan el Calpe actual que después pertenecen al Condado de Denia.

             En 1386 se produce la partición del término del Castillo de Calpe que crea los posteriores términos de Calpe, Benissa y Teulada. En la Edad Moderna pasa a manos de Roderic de Rebolledo y por éste a los Palafox, quienes ejercitaron su jurisdicción hasta la disolución del régimen señorial en 1837. En 1381 Calpe tenía 23 casas de cristianos y un número impreciso de musulmanes, mientras que Benissa contaba con 56 casas de cristianos que se convierten en 71 en 1409; además, los musulmanes, se asentaron en 11 viviendas de Benimallunt, 11 de Albiñent y 4 de Benimarraig.. En el mismo año, en Calpe, documentamos 20 casas de cristianos y 11 de musulmanes, aunque a partir de esta fecha se observa un incremento de su población islamizada.

             En los inicios del Siglo XVI, según Escolano, la población calpina ascendía a unos 100 vecinos: unos 500 habitadores. La amenaza de corsarios y piratas induce al rey Felipe II a reforzar la defensa de la ciudadela y las murallas se ven mejoradas con torres vigías y una guarnición permanente. Estas medidas no evitaron la fatal incursión de la noche del 3 de Agosto de 1637 que concluyó con el traslado masivo de los habitadores calpinos a Berbería; cinco años más tarde fueron repatriados a cambio de piratas presos y oro. Apenas unas décadas antes la expulsión morisca había supuesto un hito histórico y económico trascendental en la vida de nuestra comunidad que había despoblado las tierras y había exacerbado los ánimos de los expatriados, llenos de  resentimiento y sedientos de venganza.

             En 1660, por motivo de los esponsales de la infanta María Teresa de Austria con Luis XIV, Rey de Francia, se confecciona una nueva relación a partir de las manifestaciones realizadas por los jurados y justicias de las villas del reino. Dicha relación relativa a los habitadores de la villa de Calpe determina un total de 75 nombres, divididos en 69 pagadores, 4 pobres, 1 militar y 1 eclesiástico. El fogatge de 1703 indica que el volumen de población prácticamente no ha variado y se contabiliza en unos 59 vecinos, cabezas de familia; pero en apenas diez años se dobla la población de acuerdo a los registros del Censo de Campoflorido. Este número de habitadores permanece estable hasta la mitad de ese siglo.

             En octubre de 1744, se vivieron sucesos parecidos a los de 1637, eventos que inspiraron la leyenda del valor del joven calpino Caragol La justicia divina le dotó de fuerzas suficientes para cerrar los portones de la villa y así se pudo evitar una nueva invasión corsaria. La cabeza de Ali Ben Cofar fue el trofeo por la feliz conclusión de la afrenta. La paz no se afianzaba, y la guerra de Sucesión, por el conflicto entre el Archiduque Carlos y Felipe V, involucrados ingleses y franceses, también convulsionó la relativa tranquilidad de nuestras tierras. Hacia finales del primer tercio de este siglo una masiva infección por calenturas y terciarias postra a gran parte de la población calpina por la fermentación de los míseros colchones de esparto. 50 libras para paliar la pobre situación son donadas por el Ayuntamiento de Valencia como limosna. El censo de Aranda cifra en 910 los calpinos habitadores en el año 1769, dedicados unos a la pesca de la sardineta y a la de atún en la almadraba del Bol; el resto afanados en las labores campesinas. Los antecedentes facilitados por el botánico Cavanilles nos indican el importante crecimiento demográfico de Calpe a finales del XVIII  que pasa a contar en pocos años con unos 1.200 habitantes. No tardaría demasiado la villa en verse en un nuevo agravio con el francés, pues la guerra de Independencia a principios del XIX propició la derrota del invasor en una mañana de mayo de 1813. A partir de esta fecha los niveles de población crecen paulatinamente: en 1842 señala Madoz una nómina de 1.320 calpinos, cantidad que se dobla en los albores del siglo XX.

             El Padre Llopis, en su celebrado libro sobre la historia de Calpe, nos señala que a principios del siglo XVII las mejores tierras calpinas se encontraban en manos de labradores moriscos, industriosos campesinos que vivían congregados en pequeñas alquerías dispersas por el término. Los caseríos del Ráfol o Llombers, parajes circunscritos en nuestra área de estudio, con sus contadas viviendas rurales, son buen ejemplo de estos núcleos de población de los cuales el único vestigio que se ha conservado es el nombre.

             La villa de Calpe, recinto fortificado con sus habitadores cristianos viejos, coexistiría con la aljama morisca extramuros. Está visión es gráfica para describir el distanciamiento físico y espiritual motivado por la fe y las creencias religiosas. Con ello, cabría suponer que ambas comunidades, en general, mantendrían una convivencia pacífica, e incluso, participarían activamente en la resolución de asuntos comunes por su condición de vecinos. Idílica nos parece la estampa que funde el canto del almuecín con el insistente repiqueteo de la campana, llamando ambos a oración.

             El Decreto de expulsión, dictado en 1609, supuso un acontecimiento de tremendo impacto social y económico, cultural y político. El desahucio en un plazo de tres días de un vasto sector de la población valenciana, acarrearía consecuencias que incluso hoy en día son objeto de controversia entre tratadistas.

             Obviamente si las mejores tierras calpinas se encontraban en manos moriscas, la expulsión y el despoblamiento acarrearía el abandono físico y agrícola de las mismas. Para el Padre Llopis, estos sucesos motivaron que todas estas heredades calpinas fueran transmitidas a acomodadas familias beniseras. que las explotarían hasta bien entrado el siglo XX.

             Cierto es que la situación generada por el Decreto de expulsión conllevaría nuevas relaciones contractuales con los adquirentes, en condiciones ventajosas para el Señor de Calpe, Marqués de Ariza, quien pactaría estas relaciones futuras, sujetas al régimen jurisdiccional, con obligaciones claramente estipuladas en los contratos enfitéuticos; pero cabe pensar que los antiguos establecimientos entre el Señor y los tenedores de la tierra debieron transcurrir por cauces satisfactorios dada la laboriosidad del labrador morisco y su escrupulosa corrección a la hora de cumplir con sus obligaciones censales. Si bien la nueva situación permitió la revisión de unas condiciones más óptimas en favor del Señorío de Ariza, éstas también se debieron de plantear en términos de urgencia pues la regulación sin retraso de las nuevas relaciones contractuales con los tenedores de las tierras permitiría rentabilizarlas sin dilación desde el punto de vista económico y a no verlas en decadencia, abandonadas y yermas, lo que iría en detrimento de sus propios intereses señoriales.

             El régimen de tenencia se establece por medio del contrato enfitéutico por el que las fincas agrícolas que están bajo el dominio directo del señor son transmitidas al dominio útil del labrador que las explota. Es decir, nos encontramos ante un derecho de uso y disfrute que en contrapartida observa una serie de obligaciones contractuales: el pago del censo, la fadiga, el luismo o laudemio. Hablamos de un derecho de uso, pero que también respeta para el labrador un derecho de pleno goce y de enajenación por lo que se consolida en el tenedor un verdadero sentimiento de propiedad. Las fuertes cargas que soportaban los campesinos se veían compensadas por la seguridad de que nadie podía desposeerlos de sus heredades, tierras que en muchos casos cultivaron los padres y serían legadas a los descendientes.

             Las condiciones de vida para estos nuevos establecimientos se especificaban en las llamadas cartas poblas. En sus primeros capítulos los nuevos tenedores reconocían la erección del régimen señorial, aceptaban el vasallaje, la obediencia, homenaje y jurisdicción del Señor. La Enfiteusis, referido negocio contractual regulador de las relaciones bilaterales sobre bienes raíces, comportaba la explotación agrícola de las fincas con la diligencia del buen labrador y la fiel observancia de las obligaciones de pago al Señor en reparto de frutos y censo en dinero. En caso de venta, el Señor debía otorgar licencia reservándose un 10% del precio: luismo o laudemio; o podía ejercer un derecho de tanteo, recuperando la finca en las mismas condiciones en que se pretendía transmitir, o impedir la enajenación si el comprador no era deseado: la fadiga. Los señores se reservaban las regalías existentes en los lugares o las que se formaran: hornos, molinos, tiendas, etc.. las cuales podían explotar directamente o arrendarlas.

            A grandes rasgos estas son las características esenciales del nuevo escenario: despoblamiento, tierras por ocupar, nuevas relaciones entre Señor y vasallos, dentro de un marco económico difícil, influido por las penurias agrícolas, las crisis políticas, las guerras u otros factores como el clima o las epidemias.

            Pero si la dificultad en localizar nuevos ocupantes para explotar las heredades abandonadas habría convencido al Señor de Ariza a transmitir las fincas calpinas a las familias beniseras, nos parece lógica esta deducción, la cuestión básica era la de encontrar repobladores para las tierras desocupadas. La Corona se limitó a dar total libertad a los Señores para fijar las condiciones de repoblación y no ejerció control alguno sobre la situación. 

            Conocemos a partir del listado nominal de habitadores de Calpe, elaborado por la Generalitat en el año 1646, tres años después del ataque pirático que concluyó con la captura y reclusión en Argel de más de 300 calpinos, que el número de cabezas de familia que poblaban la villa era de 56 y podemos confirmar el asentamiento de los primeros repobladores de origen mallorquín.  

 

                            

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