CALPE, TIERRA Y ALMAS.                                    volver al índice
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EL PAISAJE AGRARIO.

 

   
EL PAISAJE AGRARIO


Antecedentes. Retazos documentales de agricultura calpina. Fincas, extensión y cultivos desde 1898. La ganadería calpina a mediados del siglo XX. Comunicaciones terrestres: caminos, coladas y veredas. La casa de campo calpina.


    A lo largo de las páginas precedentes hemos profundizado en los factores humanos e históricos que condicionaron las distintas formas de tenencia de la tierra en nuestro término. Llegado el momento de analizar los distintos aprovechamientos de la humilde agricultura local debemos recurrir a documentación inespecífica que ilustra aspectos generales de esta actividad en la comarca de la Marina y que, por lo tanto, no aporta datos novedosos para nuestro estudio. Con todo, los apuntes que presentamos, en especial relativos a la segunda mitad del siglo XIX, rescatados de diferentes fuentes de archivística provincial, quizá sirvan para ofrecer un somero bosquejo histórico de este medio de subsistencia en nuestro territorio. Preferimos que nuestra contribución sea antes parcial que reiterativa. 

    Pedro Pastor Pastor en su libro «Calpe, gentes y hechos», páginas 45 a 67, nos ofrece una acertada visión del arte calpino de la tierra, que cubre aspectos importantes sobre las disciplinas campesinas en las que no incidiremos.

    Una referencia apócrifa la brinda el Padre Llopis al referir que en los siglos XIII y XIV una de las principales cosechas calpinas es la de los higos, afirmando que las incultas laderas de Oltá, Toix e Ifach se encontraban bien plantadas de higueras formando bosques, y los montes se hallaban poblados de nopales que daban una excelente producción de ricos chumbos. 

    Sí aparece documentada la orden de Pedro III, en 1281, que instruye a Cervelló de Riera , encargado de la guarda de los puertos y playas del reino, para que no ponga ningún impedimento a los hombres de Calpe para que puedan vender higos a cualquier mercader, y a éstos para cargarlos en el puerto de la villa y llevarla donde quieran, salvo lugares prohibidos. Parece que los higos y las uvas secas producidas en nuestro término ya gozan de excelente reputación y óptima salida comercial desde antiguo.

    Más concretas son las noticias que encontramos de finales del siglo XIV. En enero de 1369 el Consell General del término, por asamblea reunida en la iglesia de Benissa, toma diferentes medidas destinadas a proteger los intereses económicos comunes que se extienden a la actividad agraria, ganadera y pesquera. Por las normas consensuadas, interpretamos que la atención prioritaria se centra en la preservación de las tierras cultivadas de viña y almendro, amenazadas por los hurtos de frutos e invasión de ganados. 

    Con estos antecedentes podemos afirmar que la agricultura del Calpe medieval, y quizá ya desde más antiguo, produce principalmente uvas pasas, vino, almendras, higos y algunos tipos de cereales. Cultivos que junto al algarrobo y en menor medida el olivo perviven hasta el final del segundo tercio del siglo XX.

    Parece inevitable recurrir a los testimonios recogidos por el botánico Cavanilles a finales del siglo XVIII. En la época la producción calpina se regulaba en 9.500 cántaros de vino, 8.400 arrobas de pasas, 380 cargas de almendrón, 38.000 arrobas de algarrobas, 2.400 de higos secos, y 1.200 cahices de cebada. 

    Estos volúmenes en sí no nos aportan excesiva información, por lo que consideramos necesario confrontarlos con los recogidos en otras poblaciones vecinas. Lo haremos en función de dos elementos diferenciadores: la producción en sí misma, y el número de vecinos. En el caso de Altea sólo hacemos referencia a su producción de secano, dejando a un lado por nuestra finalidad su rico aprovechamiento en tierras de regadío. Los índices que ofrecemos suponen el volumen de producción por vecino.


    En todos los casos los índices calpinos superan a los de las poblaciones vecinas. Pero estos datos precisan de algunas salvedades. En primer lugar, calculamos que las tierras de secano, en el caso de Altea, no excederían el 10% de la tierra total cultivable, siendo la principal fuente de riqueza agrícola los terrenos de regadío en los que se cultivaban toda clase de hortalizas, legumbres, maíz, frutas, sin olvidar la importancia de la morera para la producción de la seda.

    Sería imprescindible tomar en consideración el total de la superficie cultivable de cada uno de los tres términos para poder ajustar sus índices de productividad. En los casos de Benissa y Calpe el desigual reparto de la propiedad de la tierra desvirtúa nuestros cálculos, ya que los terratenientes beniseros destinarían los amplios excedentes de esta producción a su comercialización. Queda patente de nuevo que esta situación de concentración de titularidad territorial en manos de unos pocos hacendados, y la calidad de los aprovechamientos, frenan el desarrollo económico y demográfico de las dos poblaciones. Así, la densidad de población alteana es de 185 habitantes por km2, la benisera de 57, y la calpina de apenas 50.


                           

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