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CALPE, TIERRA Y ALMAS.
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VIDA EN EL CAMPO 1894-1895
El cuadro adjunto nos presenta la evolución de
las familias calpinas en cuantos a número de cabezas
por apellidos desde finales del Siglo XVIII hasta
mediados del XX. Ilustra fielmente la progresiva
incorporación de individuos beniseros y foráneos,
dedicados principalmente a la agricultura, tras
establecerse definitivamente en tierras de Calpe. Los
datos demuestran la importancia de la inmigración
benisera durante el siglo XIX, que instalada en los
parajes que vamos a analizar, alejados de la villa, se
ha constituido en el origen de las nuevas familias
calpinas con mayor incremento de sus miembros hasta
nuestros días. Las duras circunstancias del período de
posguerra en nuestra población quedan plasmadas en la
disminución de cabezas de las castas marineras, los
Boronat, Roselló, Perles, Martí, etc, al contrario que
los Ivars, Bordes, Bañuls, Sala, Crespo, Ferrer, Ausina,
labradores independientes, cuya evolución calpina
estudiaremos.
Jaume Pastor Fluixá en su libro “Historia de
Calp”, págs 408-410 recoge un interesante listado de
la nómina de contribuyentes que habitaban fuera del
casco urbano de la población. Dicho documento se
elaboró en 1895 para repartir el pago del impuesto de
consumos, ingreso municipal que liquidaban los vecinos
en concepto de entrada y salida de productos en el
término.
Está nómina, que en sí es un listado de
nombres y lugares, nos ofrece una valiosa información
en la que hemos intentado profundizar para analizar y
comprender mejor la configuración de los núcleos
rurales de viviendas dispersas, con todos sus
implicaciones físicas y humanas. Al cuerpo original del
fondo aportado por Pastor Fluixá hemos añadido
nuestras averiguaciones y comprobaciones para
permitirnos conocer con mayor criterio la vida y entorno
de estos grupos endogámicos; sus relaciones de
vecindad, y en conclusión, la propia personalidad de
estas pedanías, aunadas en pequeños caseríos, con sus
centros neurálgicos destinados al trato social y al
culto religioso.
Buena prueba de este carácter independiente,
generado a partir de la espontánea evolución de unos
contadísimas familias dentro de un muy limitado espacio
físico, es el hecho de que estas comunidades contaban
con su propio alcalde pedáneo; interlocutor válido
ante el consistorio para la reivindicación y defensa de
los intereses de sus aldeas. En la mayoría de los
casos, estos habitantes carecían de viviendas en la
villa, y por ellos, sus vidas transcurrían sujetas a
los lindes del terruño. El traslado al casco urbano se
producía en los días de feria y mercado; en
celebraciones especiales, o para cubrir necesidades que
no se podían satisfacer en el breve entorno de sus
parajes.
Al mismo tiempo, hemos incluido la nómina de vecinos de
las viviendas dispersas elaborada treinta años antes
con fines fiscales. Este documento, unido al de Pastor
Fluixá, nos permitirá conocer el desarrollo de la vida
rural en la segunda mitad del siglo XIX, época en la
que los habitantes calpinos comienzan a vivir
permanentemente en el campo al desaparecer el peligro
pirático y los conflictos bélicos, hecho que supone la
demolición paulatina de las murallas de la ciudadela.
Hemos querido unir también al estudio de los
núcleos rurales la partida de Canelles-Oltá, pues
entendemos que, aunque localizada en término de
Benissa, su exclusión impediría ilustrar propiamente
los aspectos mencionados del poniente calpino.
En el año 1895 Calpe contaba con una población
de 2.250 habitantes, de los cuales 287 vivían
permanentemente fuera de los límites de la villa,
agrupados en 66 unidades familiares. El numero de casas
de campo del término ascendía a 272. Estos datos
señalan que apenas un 12% del vecindario total ocupaba
el 25% de las viviendas rurales. Dichos porcentajes se
incrementaban durante la época de verano, cuando muchas
familias se trasladaban al campo para la recogida de
cosechas, incentivados por el premio de los frutos y las
mejores condiciones meteorológicas.
El plano general que presentamos nos refleja tres
núcleos de viviendas rurales principales. Los dos más
significativos se centran al norte del término,
Caserío de La Cometa y sus aldeas, y al oeste, las
casas del Barranco Salado y la Mola. La distancia a pie
de ambos a la villa es de unos 45 a 60 minutos, a lo
largo de caminos carreteros en estado de deterioro
permanente. La partida de Canelles queda a distancia
equidistante con Benissa, pero ligada por lazos
familiares a la pedanía del Salado. El caserío del
Corralet pervive mucho más unido al propio devenir de
la villa a causa de su mayor proximidad a ésta. Por
otra parte, la mayoría de los labradores de la aldea
cuentan con fincas urbanas en el casco de la población
donde pernoctan, y se trasladan a los campos para su
laboreo durante el día.
Un factor muy importante para consolidar la
existencia de estas pequeñas comunidades de hecho es el
suministro suficiente de agua potable. El sistema de
arreplegamiento de aguas pluviales en las edificaciones
resuelve el abastecimiento en la partida de la
Cometa, con pozos y aljibes de grandes dimensiones. El
paraje del Cosentari-Pioco a su vez cuenta con la fuente
de magnífica agua de la Noria de Baydal, ya en término
de Benissa pero muy próxima al deslinde con Calpe. El
molino del Quisi, a muy pocos minutos del lugar también
es utilizado para la molienda de productos agrícolas.
El caserío del Corralet se sitúa a pocos metros
de las fuentes del mismo nombre y de Benicolada; la casa
de Oltá de los “Pelats”, se beneficia de manantial
propio.
El núcleo del Barranco Salado, de terreno más
agreste, se nutre de los nacimientos emergentes de las
estribaciones de Oltá. La fuente de “Gargori”, la
de la “Zorra”, la del “Fumaor”, la del “Teuler”,
la de “Canelles”, entre otras, abastecen
convenientemente a las familias.
Por otra parte las mayores fincas calpinas,
presididas por imponentes caserones de terratenientes
beniseros y ocupadas a su vez por labradores del mismo
origen, se constituyen como centros de labor donde
acuden los jornaleros para trabajos temporales y los
pastores a refugiar ganado a cambio de su preciado
estiércol. Habitan estas masías familias numerosas que
amoldan su apodo al nombre de la finca en donde viven.
La Ermita de Lleus, en la falda noroeste de Oltá,
y la Ermita de la Cometa, adosada a la masía del mismo
nombre, reunían a las estirpes campesinas en las
celebraciones litúrgicas y las fiestas de la partida.
Resulta casi inverosímil pensar hoy, contemplando la
maleza que cubre los bancales y ruinas de esos lugares,
que entre sus desniveles de terreno y las escasas
callejas, los vecinos compartieran los juegos de pelota,
los bailes y jotetas, y vivieran sus tradiciones año
tras año, atrayendo
a gentes de los parajes vecinos. A la Mola
venían de Lleus, de Pinos, de las Casas de Marnes, de
Casas de Calito, de Bernia; a la Cometa, de Pedramala,
Benimarco, San Jaime, y así con los festejos se
festeaba, y los apellidos se acababan mezclando cuando
no aparecían ya duplicados por muy cercanos lazos de
sangre.
Creemos que el estudio de estas alianzas
familiares basadas en la relación de vecindad es de
gran interés, y como fenómeno humano es clásico de
las pequeñas comunidades que viven en entornos
aislados.
Veamos pues el desarrollo físico y
humano de los núcleos que estudiamos:
El lugar de la Cometa, conocida con distintos
nombres: Regaig, Cometa del Oró, o Cases de “Torrat”,
tiene su centro neurálgico en el caserío del mismo
nombre, a muy pocos metros de una pequeña ermita,
erigida bajo la advocación de San Juan Bautista, que
data de principios XVIII. Se encuentra adosada a una
vivienda de campo que originariamente fue masía
fortificada, propiedad de la familia Abargues. Una
inscripción conservada en la actualidad sitúa su
posible rehabilitación en 1747, unos treinta años
después de la edificación del pequeño claustro.
No podemos documentar, ante la ausencia de
fondos, los datos concretos de los orígenes de la
aldea, pero por la información que manejamos podemos
intuir como se desarrolló. Sabemos que hacia 1670-1690
se instalaron en el paraje algunos miembros de la
familia Tur, originarios de la villa de San Miguel de
Balansat, Ibiza. Llegaron a nuestras tierras como
repobladores tras la expulsión morisca, aunque,
probablemente, su asentamiento en la Cometa se produjo
tras haber residido en alguna población vecina. La
primera edificación, que hemos catalogado como casa de
“Toni Torrat”, cuenta con singularidades
constructivas que explicaremos en la segunda parte de
este libro. Sin lugar a dudas nos encontramos ante una
vivienda que dataríamos de la época del asentamiento
de estos repobladores, y que se constituyó como la
célula inicial del caserío, junto a la Masía referida
de la Cometa. Hacia la mitad del siglo XVIII se levantó
la Masía conocida posteriormente de “Águeda”, y
sucesivamente, adosadas a la casa de “Toni Torrat”,
todas las demás viviendas que se iban incorporando
según aumentaban los miembros de la familia.
De mediados, finales del siglo XIX son las demás
casas de campos dispersas, propiedad de los “Torrat”,
que terminan por ensanchar el núcleo, y
consolidarlo como centro rural aislado de viviendas. Del
mismo tiempo es el asentamiento de las nuevas familias
beniseras en el paraje, los Bañuls “del Pí”, los
Bertomeu “Pinar”, y ya en terrenos del Carrió, los
Pastor “Pinos” y los Cabrera “Maset”. Las ramas
posteriores de los Tur conocidos como “Salvadora”,
deben partir de la misma familia de la Cometa, pero no
hemos podido documentar el parentesco.
La vida en la Masía de la Empedrola, coetánea a
la de Águeda, siempre habitada por caseros beniseros,
transcurría muy ligada al devenir del caserío, al
igual que las casas del Aljub, Roca y Salamanca.
A finales del siglo XIX este pequeño entorno
soportaba la existencia de un centenar de personas,
unidas por muy
estrechos lazos de sangre, a las que se debía añadir
el buen número de labradores y jornaleros que acudían
diariamente a faenar los campos.
Anexo a este núcleo se encontraba el caserío de
Terrasala y las casas del Cosentari. A pesar de su
proximidad los lazos humanos no son tan marcados. Los
Sala cuentan con fincas rústicas y urbanas en la villa
y término, y su vida familiar en el caserío es más
independiente.
El núcleo del poniente calpino lo constituyen
las partidas del Collado, falda de Oltá, Barranco
Salado y la benisera de Canelles.
Las primeras edificaciones son de finales del
siglo XVIII y principios del XIX, concretándose en un
pequeño caserío localizado en un llano de las
estribaciones de Oltá, y algunas pocas casas, la
mayoría de ellas propiedad de hacendados beniseros.
Su consolidación como pedanía se concreta a lo
largo del siglo XIX, a partir de las nuevas
edificaciones y ramas familiares que surgen de unas
contadas estirpes.
Como entidad de hábitat rural carecía de
personalidad jurídica o independencia municipal, pero
por su entramado aldeano, y solidaridades de tan
pequeña población, su constitución de hecho se
amparaba en un reconocimiento consistorial no oficial
como entidad independiente, plasmado en la figura del
alcalde pedáneo, quien era el interlocutor válido ante
los asuntos concernientes de la comunidad en su
representación, y a la postre árbitro y mediador de
cualquier controversia surgida en la misma.
El origen de las familias asentadas en los
parajes es eminentemente benisero, originario de la
villa o de las pedanías de Pinos o Bernia. El estudio
de los enlaces matrimoniales que ofrecemos ilustran la
evolución humana de esta microcomunidad.
Estudiaremos en profundad los lazos humanos de la
partida del Corralet en la segunda parte de este libro,
en la que también ahondaremos en los grupos familiares
aquí expresados, y que constituyen únicamente una
parte representativa de todas estas estirpes rurales.
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